Reconectar contigo y con lo que de verdad importa
Hay momentos en los que no ocurre nada grave y, sin embargo, sentimos que algo se ha ido quedando atrás.
Seguimos trabajando, resolviendo cosas, ocupándonos de la casa, de la familia, de los demás. Los días pasan y aparentemente todo funciona.
Pero quizá hace tiempo que no hacemos algo simplemente porque nos gusta. O ya no sabemos muy bien qué nos apetece cuando por fin tenemos un rato libre. A veces incluso cuesta recordar cuándo empezamos a vivir de esta manera.
Volver a lo esencial nace de ahí.
No significa cambiar de vida, marcharse al campo ni intentar convertirse en una persona diferente.
Significa hacer un poco de espacio para preguntarnos qué seguimos queriendo conservar de nosotros mismos.

¿Qué significa volver a las raíces?
Cuando hablamos de nuestras raíces solemos pensar en el lugar del que venimos, la familia o nuestra historia.
Pero también podemos entenderlas de una forma más personal.
Nuestras raíces son los valores que siguen siendo importantes para nosotros, las cosas que disfrutamos, las personas con las que podemos ser nosotros mismos, aquello que nos da tranquilidad o sentido y las pequeñas cosas que alguna vez formaron parte de nuestra manera de vivir.
Volver a las raíces no significa intentar recuperar exactamente a la persona que éramos hace veinte años.
Hemos cambiado, y eso es normal.
Algunas cosas que nos gustaban ya no nos interesan. Otras siguen ahí, aunque les hayamos dedicado muy poco tiempo durante años.
Volver puede significar simplemente preguntarnos:
¿Qué de todo lo que he ido dejando atrás todavía quiero que forme parte de mi vida?
Cuando vivimos demasiado tiempo en piloto automático
Las rutinas son necesarias.
No podemos cuestionarnos cada mañana cómo queremos organizar nuestra vida desde cero. Necesitamos hábitos que nos permitan trabajar, cuidar la casa, hacer compras, cumplir horarios y ocuparnos de nuestras responsabilidades.
El problema aparece cuando casi todo empieza a funcionar de esa manera.
Nos levantamos, hacemos lo que toca, respondemos mensajes, resolvemos problemas, terminamos el día y volvemos a empezar.
Podemos acostumbrarnos tanto a cumplir que dejamos de preguntarnos si algunas cosas todavía tienen sentido para nosotros.
Y no siempre nos damos cuenta enseguida.
A veces aparece como una sensación difícil de explicar: aburrimiento, cansancio, falta de ilusión o la impresión de que los días se parecen demasiado unos a otros.
No necesariamente significa que nuestra vida esté mal.
Puede ser simplemente que hemos dejado demasiado poco espacio para elegir.
Salir del piloto automático no consiste en cambiarlo todo.
Puede empezar con algo mucho más pequeño: volver a tomar algunas decisiones conscientemente.
¿Qué hemos olvidado de nuestra relación con la naturaleza?
Durante gran parte de la historia humana, la naturaleza no era un lugar al que se iba durante el fin de semana.
Formaba parte de la vida cotidiana.
Era necesario observar el cielo, conocer los cambios de las estaciones, saber qué plantas crecían cerca, caminar, reconocer animales y entender mucho mejor el territorio.
Aquella vida también era más dura en muchos sentidos, y no tendría sentido idealizarla.
Pero nuestra relación con el entorno era mucho más directa.
Hoy podemos pasar buena parte del día entre paredes, pantallas y vehículos. Podemos comer alimentos sin saber prácticamente nada sobre la planta de la que vienen y pasar semanas sin prestar atención a qué está floreciendo alrededor.
No necesitamos renunciar a la tecnología ni vivir como nuestros antepasados para recuperar parte de esa relación.
Puede bastar con cosas sencillas.
Caminar con más frecuencia.
Conocer las plantas que vemos todos los días.
Observar cómo cambia un mismo lugar durante el año.
Sentarnos un rato fuera sin necesidad de hacer nada.
Prestar atención al viento, a la luz o al sonido de los pájaros.

La naturaleza puede recordarnos que existe una parte de la vida que continúa a otro ritmo, aunque nosotros tengamos prisa.
Si quieres explorar esta relación de una forma más concreta, los baños de bosque son una de las prácticas que trabajamos en Radix Nativa.
¿Qué ocurre cuando dejamos de correr un poco?
Estamos bastante acostumbrados a llenar los espacios vacíos.
Si esperamos, miramos el móvil.
Si caminamos, escuchamos algo.
Si tenemos una tarde libre, buscamos qué hacer con ella.
No es necesariamente malo. El problema aparece cuando casi nunca dejamos un poco de espacio sin ocupar.
Cuando bajamos el ritmo pueden aparecer cosas que mientras estamos ocupados no notamos demasiado.

Quizá descubrimos que estamos más cansados de lo que pensábamos.
Que echamos de menos algo.
Que una situación lleva tiempo molestándonos.
Que tenemos ganas de volver a hacer algo que dejamos hace años.
O quizá no aparece ninguna gran revelación y simplemente disfrutamos de estar tranquilos.
También eso vale.
Parar no tiene por qué convertirse en otra práctica de crecimiento personal.
A veces descansar es simplemente descansar.
Lo esencial no es igual para todos
Cuando hablamos de una vida más sencilla puede parecer que existe una lista de cosas que deberíamos valorar.
Familia. Naturaleza. Salud. Calma.
Pero lo esencial cambia mucho de una persona a otra.
Para alguien puede ser tener libertad.
Para otra persona, sentirse cerca de su familia.
Puede ser crear, aprender, viajar, cuidar, tener estabilidad, disfrutar de la soledad, estar rodeada de gente, trabajar en algo que le interesa o disponer de tiempo para sí misma.
No existe una respuesta correcta.
Una pregunta que puede ayudar es bastante sencilla:
¿Qué seguiría siendo importante para mí aunque nadie lo viera?
Aquello que hacemos para que otros lo reconozcan puede tener valor, pero es diferente de aquello que conservaríamos aunque no recibiera ninguna aprobación.
Pensar en esta diferencia puede ayudarnos a ordenar prioridades.
Volver a lo sencillo no significa vivir con menos de todo
La vida sencilla se relaciona muchas veces con minimalismo, casas casi vacías o estilos de vida muy concretos.
Pero podemos entenderla de otra manera.
A veces simplificar no significa tirar cosas.
Puede significar dejar de aceptar compromisos por costumbre.
No llenar una tarde simplemente porque está libre.
Comprar menos cosas que realmente no necesitamos.
Reducir una obligación que nos hemos impuesto nosotros mismos.
Dejar de estar disponibles a todas horas.
O decidir que no todo tiene que hacerse perfectamente.
No se trata de convertir la sencillez en otra meta.
Se trata de quitar alguna cosa que ocupa demasiado espacio para que otras puedan volver a tenerlo.

¿Y si ya no sé qué me gusta?
Puede parecer una pregunta extraña, pero ocurre más de lo que pensamos.
Durante años podemos tener muy claro qué necesitan los demás.
Sabemos qué hay que comprar, qué falta en casa, qué necesita el trabajo, qué planes tienen nuestros hijos o qué preocupa a nuestra pareja.
Y entonces alguien pregunta:
¿Qué te gusta hacer a ti?
Y no sabemos muy bien qué responder.
No significa que hayamos perdido una parte de nosotros para siempre.
Quizá simplemente llevamos mucho tiempo sin darle espacio.
Podemos empezar recordando cosas muy normales.
¿Qué hacías cuando tenías tiempo?
¿Qué actividad conseguía que se te pasaran las horas rápido?
¿Qué siempre has querido probar?
¿Qué te daba curiosidad?
¿Qué dejaste porque empezaron a aparecer otras responsabilidades?
Tal vez algunas cosas ya no te interesen.
Pero otras pueden sorprenderte.
Retomar una afición no tiene por qué convertirse en un proyecto, un negocio o algo en lo que debamos mejorar.
Podemos volver a dibujar aunque dibujemos mal, leer sin intentar aprender nada, hacer fotografías que no publicaremos, cultivar unas plantas, bailar, coser, escribir…
Aprender algo simplemente porque nos interesa.
Hacer algo porque nos gusta sigue siendo una razón suficiente.

Recuperar el tiempo que también es nuestro
Muchas veces decimos que no tenemos tiempo y a veces es verdad.
Hay etapas con trabajo, cuidados y responsabilidades que dejan muy poco margen.
Pero también puede ocurrir que el poco tiempo que queda termine siempre ocupado por otras cosas:
mensajes, redes sociales, recados, tareas que podrían esperar, cosas que hacemos porque sentimos que deberíamos hacerlas.
Quizá por eso sea útil distinguir entre tiempo libre y tiempo propio.
Podemos tener media hora libre y gastarla casi sin darnos cuenta.
Y podemos tener media hora que hemos decidido reservar para algo que nos importa.
No hace falta disponer de tardes enteras, a veces recuperar tiempo propio empieza protegiendo pequeños espacios.
En Radix Nativa iremos profundizando también en este tema: poner límites, desconectar un poco de las pantallas y encontrar formas más realistas de reservar tiempo para nosotros.
Volver al cuerpo
Hay otra parte de nosotros que resulta fácil dejar en segundo plano: el cuerpo.
Muchas veces pensamos en él únicamente cuando duele, cuando cambia o cuando creemos que debería tener otro aspecto.
Pero el cuerpo también es el lugar desde el que vivimos todo lo demás.
Caminar, dormir, movernos, respirar aire libre, descansar, bailar, estirarnos o simplemente notar cómo estamos puede ser una manera muy sencilla de volver a prestarle atención.
No hace falta practicar yoga ni seguir una rutina perfecta.
Para una persona puede funcionar Pilates, para otra, correr o caminar media hora, cuidar el jardín o bailar en casa.
La idea no es hacer lo que supuestamente hacen las personas que “se cuidan”.
Es encontrar una forma de movernos y cuidarnos que encaje realmente con nuestra vida.
Volver al cuerpo también significa dejar de mirarlo únicamente desde fuera. Vivimos rodeados de imágenes que nos recuerdan continuamente cómo deberíamos vernos, qué deberíamos corregir y qué señales del tiempo deberíamos ocultar. Quizá cuidar el cuerpo también pueda significar recuperar una relación más sencilla con él: moverlo, escucharlo, aceptar que cambia y recordar que su valor no depende solamente de su apariencia.

Recuperar nuestra capacidad de asombro
De pequeños podíamos pasar bastante tiempo mirando algo que nos llamaba la atención.
Un insecto, una piedra, una nube con una forma extraña, cómo se abría una flor.
Después aprendemos muchas cosas, pero también dejamos de mirar otras.
Pasamos por los mismos lugares con tanta frecuencia que apenas los vemos.
Incluso cuando encontramos algo bonito, a veces sacamos el teléfono antes de haberlo observado realmente.
Recuperar la capacidad de asombro no significa sorprendernos continuamente.
Tiene más que ver con recuperar la curiosidad.
Preguntarnos qué pájaro estamos escuchando.
Observar una planta que nunca habíamos mirado de cerca.
Descubrir cómo cambia el cielo antes de llover.
Aprender algo sobre un lugar que vemos todos los días.
Cuando volvemos a prestar atención, lo cotidiano deja de ser completamente invisible.
Y quizá eso sea una de las formas más sencillas de volver a sentirnos un poco más presentes en nuestra propia vida.
La naturaleza como recordatorio, no como respuesta
En Radix Nativa hablamos mucho de naturaleza, pero no porque pensemos que tenga una respuesta preparada para cada problema.
Un árbol no sabe qué decisión tenemos que tomar.
El mar no va a resolver nuestras dudas.
Pero observar la naturaleza puede ayudarnos a recordar algunas cosas que a veces olvidamos.
Que no todo crece al mismo tiempo.
Que existen pausas.
Que los cambios necesitan ritmos diferentes.
Que podemos formar parte de algo sin tener que controlarlo todo.
Y, sobre todo, que no siempre hace falta convertir cada momento en algo útil.
Podemos estar en un bosque simplemente porque nos gusta estar allí.
Empezar a volver
Volver a lo esencial no necesita convertirse en un proyecto enorme.
Podemos empezar mirando cinco partes bastante normales de nuestra vida.
- El cuerpo. ¿Cómo lo estoy tratando últimamente? ¿Necesito descansar, moverme o prestarle un poco más de atención?
- El tiempo. ¿Hay algún pequeño espacio que podría volver a reservar para mí?
- La naturaleza. ¿Cuánto tiempo hace que no estoy fuera sin tener que llegar a ninguna parte?
- Mis valores. ¿Qué sigue siendo importante para mí aunque mi vida haya cambiado?
- Lo que me gusta. ¿Qué he dejado para después durante demasiado tiempo?
No hace falta responder a todo ahora.
Puede bastar con una pregunta que nos haga pensar un poco.
Volver no significa retroceder
No podemos regresar exactamente a quiénes éramos antes y probablemente tampoco querríamos hacerlo.
Hemos aprendido cosas, hemos cambiado de opinión, hemos pasado por etapas que nos han dejado algo y también hemos dejado atrás partes que ya no necesitamos.
Por eso volver al origen no significa volver al pasado.
Significa mirar con un poco más de atención qué queremos conservar de nosotros mismos ahora.
Tal vez sea una afición.
Una forma de relacionarnos.
Un valor.
Más contacto con la naturaleza.
Un poco de tiempo.
Una parte de nuestra curiosidad.
O simplemente la sensación de que nuestra vida no está formada únicamente por todo aquello que tenemos que hacer.
No necesitamos convertirnos en otra persona, a veces necesitamos empezar a hacer sitio, otra vez, a la que ya somos.