Cuando pensamos en un ritual, es fácil imaginar una vela, incienso, una ceremonia o algo relacionado con la espiritualidad.
Pero los rituales forman parte de nuestra vida desde mucho antes de que les pusiéramos ese nombre.
Celebramos cumpleaños, brindamos cuando ocurre algo importante, llevamos flores a una persona que ha muerto, guardamos objetos que nos recuerdan a alguien o volvemos cada año al mismo lugar.
Y también tenemos pequeños gestos que repetimos sin pensar demasiado en ellos: el café de la mañana, una caminata los domingos, una llamada semanal, escuchar determinada música mientras cocinamos o sentarnos unos minutos en el balcón al final del día.
Algunos son simples costumbres. Otros tienen para nosotros un significado especial.
No necesitamos llenar nuestra vida de rituales. Pero sí puede ser interesante observar qué cosas repetimos porque nos hacen sentir bien, nos ayudan a parar o nos recuerdan una parte de nosotros que no queremos perder.

¿Por qué los seres humanos hacemos rituales?
Los rituales nos acompañan desde hace miles de años.
Han servido para marcar nacimientos, muertes, uniones, cosechas, cambios de estación, despedidas, viajes o el paso de una etapa de la vida a otra.
En muchas comunidades también han sido una forma de reunirse y compartir algo importante.
Aunque las costumbres hayan cambiado mucho, seguimos haciendo cosas parecidas.
Celebramos cuando alguien cumple años.
Nos reunimos para despedir a una persona.
Hacemos una comida especial en determinadas fechas.
Guardamos fotografías.
Tenemos canciones que relacionamos con personas o momentos.
Cuando algo tiene importancia para nosotros, solemos buscar alguna manera de marcarlo.
Puede ser algo muy sencillo.
No hace falta que exista una creencia espiritual detrás. A veces el ritual simplemente nos ayuda a reconocer que algo ha empezado, ha terminado o merece un poco más de atención.
Ritual y rutina no son exactamente lo mismo
Una rutina es algo que repetimos con cierta frecuencia.
Lavarnos los dientes, hacer ejercicio, preparar el desayuno o dar un paseo pueden formar parte de nuestra rutina.
Un ritual añade algo más: un significado personal.
Salir a caminar tres veces por semana puede ser una rutina.
Pero quizá todos los domingos haces el mismo camino sin teléfono, utilizas ese rato para pensar cómo ha ido la semana y al volver te sientas a tomar un café con calma.
Para ti, ese momento puede terminar teniendo un valor especial.
La diferencia no siempre está en lo que hacemos, sino en cómo lo vivimos y lo que significa para nosotros.
Y las dos cosas pueden convivir.
De hecho, algunas de las rutinas que mantenemos durante años pueden acabar siendo mucho más importantes para nuestro bienestar que un ritual que hacemos solo de vez en cuando.
¿Por qué pueden hacernos bien los rituales?
La psicología y la antropología llevan tiempo estudiando por qué los rituales aparecen en culturas tan diferentes.
Algunas investigaciones han encontrado que determinados rituales pueden ayudarnos a dar estructura a situaciones inciertas, marcar cambios importantes o sentir algo más de control cuando estamos atravesando momentos difíciles.
También pueden reforzar vínculos cuando los hacemos junto a otras personas.
Eso no significa que cualquier ritual vaya a reducir la ansiedad ni que repetir una acción tenga un efecto especial por sí mismo.

Lo que parece importar bastante es el significado que tiene para la persona y el contexto en el que se realiza.
Dicho de una manera más sencilla: hacer algo de forma consciente y darle un lugar dentro de nuestra vida puede ayudarnos a parar, ordenar un momento o recordar qué queremos cuidar.
Las rutinas que realmente nos conectan
Cuando se habla de bienestar aparecen continuamente nuevas rutinas que supuestamente deberíamos incorporar.
Levantarse temprano.
Meditar.
Hacer yoga.
Escribir un diario.
Tomar determinados alimentos.
Salir a caminar.
Dormir ocho horas.
Algunas pueden venirnos muy bien.
Pero si intentamos hacerlas todas, el autocuidado acaba convirtiéndose en otra lista de obligaciones.

Creo que es más útil preguntarnos algo diferente:
¿Qué cosas me hacen sentir mejor de verdad y cuáles puedo mantener dentro de mi vida tal como es?
No tienen que parecer espirituales. Tampoco tienen que funcionar para los demás.
Volver al cuerpo
Pasamos muchas horas sentados, mirando pantallas o pendientes de cosas que ocurren fuera de nosotros.
Mover el cuerpo puede ser una de las maneras más sencillas de recuperar un poco de equilibrio.
Para algunas personas será yoga.
Para otras, Pilates.
O caminar, nadar, bailar, montar en bicicleta, hacer estiramientos o trabajar en el jardín.
No importa tanto qué actividad sea.
Importa encontrar alguna que podamos mantener y que, al terminar, nos haga sentir mejor.

No necesitas practicar yoga para llevar una vida más consciente.
Si caminar una hora por el campo te aporta más que una clase de yoga, camina.
Y si bailar sola en casa con música te cambia el ánimo, también cuenta.
Volver a la naturaleza
Pasar tiempo en la naturaleza puede convertirse en una rutina muy sencilla.
No hace falta organizar una gran excursión.
Puede ser caminar por el mismo sendero todas las semanas, ir al mar, cuidar plantas, desayunar fuera cuando el tiempo lo permite o sentarse unos minutos bajo un árbol. Esta forma de observar conecta mucho con los ritmos y ciclos de la naturaleza.
También puede convertirse en algo más pausado, como un baño de bosque, donde el objetivo no es hacer kilómetros sino caminar despacio, utilizar los sentidos y pasar un rato sin necesidad de llegar a ningún sitio.

No hace falta hacerlo todos los días.
A veces basta con reservar un momento de la semana y protegerlo un poco del resto de obligaciones.
Volver a tener ratos sin estímulos
Hay otra rutina que nuestros abuelos probablemente no necesitaban plantearse de la misma manera: pasar algún tiempo sin teléfono, mensajes ni redes sociales.
No hace falta desaparecer durante una semana ni convertir la desconexión digital en una prueba de fuerza.
Puede ser algo mucho más pequeño.
No llevar el móvil durante un paseo corto.
Dejarlo en otra habitación mientras comemos.
No mirar las redes durante la primera media hora del día.
Pasar una tarde sin estar pendientes de notificaciones.
Estar disponible todo el tiempo también cansa.
Y algunos momentos de desconexión pueden ayudarnos a recuperar un poco de atención para otras cosas.
Volver a hacer algo simplemente porque nos gusta
Este quizá sea uno de los rituales o rutinas que más fácilmente dejamos atrás.
De pequeños hacíamos muchas cosas sin preguntarnos si eran útiles.
Dibujábamos.
Leíamos.
Coleccionábamos cosas.
Cantábamos.
Inventábamos historias.
Hacíamos manualidades.
Con los años, gran parte de nuestro tiempo empieza a tener una finalidad.
Trabajamos porque hay que trabajar.
Cocinamos porque hay que comer.
Hacemos ejercicio porque es saludable.
Organizamos la casa porque hay que hacerlo.
Y a veces desaparece casi por completo el espacio para hacer algo simplemente porque nos gusta.
Recuperar un hobby puede ser una forma muy sencilla de volver a nosotros mismos.
Pintar, hacer fotografías, coser, cuidar plantas, escribir, aprender un idioma, cocinar algo nuevo, tocar un instrumento o leer durante media hora.
No tiene que servir para nada más.
Ni tienes que ser especialmente buena.
Si te gusta, ya tiene suficiente sentido.
Volver también a los demás
Conectar con nosotros mismos no significa hacerlo todo solos.
Algunas de las rutinas que más nos sostienen tienen que ver con otras personas.
- Una comida semanal.
- Una llamada.
- Caminar con una amiga.
- Cocinar juntos.
- Sentarse a hablar sin mirar el móvil.
- Celebrar pequeñas cosas.

Los rituales también han servido siempre para crear comunidad.
A veces no necesitamos más tiempo solos, sino estar un rato con alguien con quien podemos ser nosotros mismos sin hacer ningún esfuerzo.
Rituales para momentos concretos
No todo tiene que convertirse en una rutina diaria.
Hay rituales que tienen sentido precisamente porque aparecen de vez en cuando. Podemos:
- plantar algo cuando empezamos una etapa nueva.
Volver a un lugar que fue importante para nosotros. - Escribir lo que queremos dejar atrás y guardar o romper el papel.
- Preparar una comida que nos recuerda a alguien.
- Encender una vela en una fecha determinada.
- Ordenar una habitación cuando sentimos que necesitamos empezar de otra manera.
- Dar un paseo al terminar un año o al comenzar una nueva etapa.

No hay una forma correcta de hacerlo.
El valor está en que el gesto tenga algún significado para nosotros.
Los objetos también pueden tener un significado
- Una piedra recogida en un viaje.
- Una fotografía.
- Una entrada de cine.
- Una carta.
- Una hoja caída.
- Un cuaderno.
- Una joya que perteneció a alguien.
No necesitamos pensar que esos objetos tienen un poder especial.
Puede ser suficiente con que nos recuerden algo.
Los seres humanos llevamos mucho tiempo dando significado a objetos, animales, plantas y elementos de la naturaleza.
Precisamente de ahí nace buena parte del simbolismo.
Algo aparentemente normal puede adquirir un valor enorme porque lo asociamos con una persona, una etapa o una experiencia.
Ese significado no tiene por qué ser universal.
Puede ser solo nuestro.

No necesitas comprar nada para crear un ritual
Esta parte me parece especialmente importante.
Un ritual no necesita una vela determinada, un cristal, un aceite, una baraja de cartas ni ningún objeto especial.
Si algo de eso te gusta, puedes utilizarlo.
Pero no es necesario.
Caminar hasta un lugar que te hace bien puede ser un ritual.
Preparar café y tomarlo diez minutos en silencio puede serlo.
Escribir en una libreta.
Regar tus plantas el domingo.
Escuchar una canción.
Ir al mar.
Sentarte un rato al sol.
Lo importante no es conseguir todos los elementos necesarios para hacer un ritual “correctamente”.
Es decidir que un momento merece un poco más de atención.
Tampoco tiene que funcionar todos los días
Hay algo que conviene recordar.
Las rutinas están para ayudarnos, no para convertirse en otra fuente de culpa.
Si un día no caminas, no ocurre nada.
Si pasas una semana sin escribir, tampoco.
Y si algo que antes te hacía bien deja de apetecerte, puedes cambiarlo.
Nuestra vida cambia y nuestras necesidades también.
Una rutina que funcionaba hace cinco años puede no tener sentido ahora.
Podemos revisarlas de vez en cuando y preguntarnos:
¿Esto todavía me hace bien o simplemente lo sigo haciendo por costumbre?
La respuesta puede cambiar.
Cómo crear tus propios rituales cotidianos
En lugar de copiar la rutina de otra persona, puede ser más interesante empezar observando tu propia vida.
Piensa en algún momento del día o de la semana en el que suelas sentirte especialmente cansada, acelerada o desconectada.
Después pregúntate qué podría ayudarte en ese momento.
Quizá necesitas moverte.
Salir fuera.
Estar sola.
Hablar con alguien.
Dejar el móvil.
Hacer algo creativo.
O simplemente no hacer nada durante diez minutos.
Empieza por algo pequeño.
Si funciona, probablemente acabarás repitiéndolo sin tener que obligarte demasiado.
Y si no funciona, prueba otra cosa.
No hay una rutina universal que nos devuelva a nosotros mismos.
Cada uno tiene que ir encontrando la suya.

