Cuando pensamos en la naturaleza solemos fijarnos mucho en lo que crece, florece o empieza.
Pero no está creciendo todo el tiempo.
Hay semillas que esperan meses bajo tierra, árboles que pierden sus hojas, animales que reducen su actividad y terrenos que necesitan años para recuperarse después de un incendio o una sequía.
La naturaleza está llena de ritmos y ciclos diferentes.
Algunos duran unas horas. Otros, meses. Y algunos necesitan muchos años.
Observarlos puede servirnos también para mirar de otra manera nuestros propios procesos, sin esperar que todo avance siempre al mismo ritmo.

La naturaleza funciona con muchos relojes
No existe un único ritmo natural.
El día cambia con la luz.
Las mareas suben y bajan.
Algunas plantas abren sus flores a determinadas horas.
Los árboles responden a las estaciones.
Las aves migran.
Los animales tienen épocas de reproducción, descanso o búsqueda de alimento.
Incluso dentro de un mismo paisaje pueden estar ocurriendo cosas muy diferentes al mismo tiempo.
Mientras una planta empieza a florecer, otra ya está dando frutos. Algunas hojas comienzan a secarse y, a pocos metros, están apareciendo brotes nuevos.
La naturaleza no espera a que todo esté en la misma fase.
Y nosotros tampoco tenemos por qué estar siempre en el mismo punto que las personas que tenemos alrededor.
No todo está creciendo todo el tiempo
Hay momentos en los que apenas vemos cambios.
Una semilla puede permanecer bajo tierra sin que desde fuera parezca estar ocurriendo nada.
Muchos árboles reducen su actividad en determinadas épocas del año.
Algunos animales pasan por periodos de descanso o utilizan mucha menos energía.
Eso no significa que la vida se haya detenido.
Simplemente está ocurriendo de otra manera.
Estamos bastante acostumbrados a relacionar avanzar con hacer más, conseguir algo o ver resultados.
Por eso nos cuesta aceptar las etapas en las que necesitamos parar, pensar o recuperar fuerzas.
La naturaleza recuerda algo bastante sencillo: descansar también forma parte del proceso.
No todo momento tiene que ser productivo.

Lo que cae no siempre se pierde
En un bosque, las hojas que caen al suelo no desaparecen sin más.
Poco a poco se descomponen y pasan a formar parte del suelo. Hongos, pequeños organismos y otros seres vivos participan en ese proceso.
Aquello que parecía haber terminado empieza a cumplir otra función.
Podemos utilizar esta imagen también para pensar en algunas experiencias de nuestra vida.
No porque todo lo difícil tenga necesariamente que enseñarnos algo.
Hay cosas que simplemente duelen, terminan o no salen como esperábamos.
Pero con el tiempo puede cambiar la manera en que forman parte de nuestra historia.
Una experiencia pasada quizá nos haga poner un límite que antes no poníamos, elegir de otra manera o entender mejor lo que necesitamos.
No se trata de buscar una parte positiva en todo.
Se trata de reconocer que algo puede terminar y seguir teniendo un efecto en lo que viene después.

Recuperarse no siempre significa volver atrás
Después de una alteración importante, un paisaje no siempre vuelve exactamente a su estado anterior.
Tras un incendio, una tormenta fuerte o un desprendimiento, empiezan nuevos procesos.
Algunas especies aparecen primero. Otras tardan más. A veces el lugar cambia bastante antes de volver a estabilizarse.
En ecología, estos cambios forman parte de procesos de recuperación y sucesión.
También nosotros solemos hablar de “volver a ser como antes” después de una etapa difícil.
Pero no siempre ocurre así.
Y quizá tampoco sea necesario.
Podemos recuperar estabilidad sin volver exactamente al mismo punto.
Podemos seguir siendo nosotros y, al mismo tiempo, haber cambiado.
Cuando en Radix Nativa hablamos de volver al origen, no hablamos de retroceder en el tiempo. Se trata más bien de recordar qué sigue siendo importante para nosotros y partir desde ahí, con todo lo que hemos vivido después.
Cada ser vivo tiene su propio ritmo
Un almendro puede empezar a florecer cuando otros árboles todavía parecen estar en pleno invierno.
Un castaño sigue otro calendario.
Una planta anual puede completar buena parte de su vida en unos meses, mientras que un árbol necesita años para alcanzar cierto tamaño.
No tendría mucho sentido mirar un castaño y preguntarnos por qué no está haciendo lo mismo que un almendro.
Sin embargo, con nosotros lo hacemos continuamente.
Comparamos edades, trabajo, relaciones, proyectos, dinero o decisiones.
Vemos dónde está otra persona y pensamos que nosotros también deberíamos estar allí.
Pero incluso entre personas que parten de situaciones parecidas hay ritmos muy diferentes.
Cada uno lleva detrás una historia, unas circunstancias y una forma distinta de afrontar los cambios.
Compararnos puede servir algunas veces para orientarnos.
El problema empieza cuando utilizamos el ritmo de otra persona para decidir si el nuestro es correcto.

Qué pueden representar las estaciones
Las estaciones han acabado teniendo muchos significados simbólicos porque durante siglos hemos observado los cambios que producen en el paisaje.
No son reglas universales y tampoco se viven igual en todos los lugares. Un invierno en el norte de Europa poco tiene que ver con uno en Canarias.
Aun así, algunas asociaciones son fáciles de entender.
- La primavera suele relacionarse con inicio, crecimiento y renovación. Empiezan a aparecer brotes, aumenta la actividad de muchas especies y los días se alargan. Por eso puede recordar esos momentos en los que algo empieza a moverse después de una etapa más quieta. No tiene por qué ser un gran cambio. A veces simplemente son ganas de retomar algo.
- El verano suele asociarse con actividad, expansión y plenitud. Hay más horas de luz, muchas plantas están en plena actividad y algunas producen frutos. Simbólicamente puede representar momentos en los que tenemos más energía o estamos viendo los resultados de algo que empezamos antes. Pero tampoco el verano significa estar siempre activo. Incluso en la época de mayor crecimiento sigue habiendo descanso.
- El otoño suele relacionarse con el cambio, la recogida y aquello que empieza a terminar. Los frutos maduran, muchas hojas cambian de color y algunas plantas comienzan a reducir su actividad. De ahí viene su relación simbólica con dejar atrás, recoger lo vivido o prepararse para una etapa diferente.
Pero perder hojas no significa que el árbol esté muriendo. Es parte de su ciclo. - El invierno suele asociarse con descanso, pausa y recogimiento. Hay menos horas de luz y muchas especies disminuyen su actividad. Desde fuera puede parecer una época en la que ocurre poco. Sin embargo, muchos procesos continúan. Por eso el invierno puede servir como imagen de esos momentos en los que no necesitamos empezar nada nuevo, sino descansar, ordenar o esperar un poco.
¿Las estaciones también influyen en nosotros?
Sí, aunque aquí conviene separar la parte simbólica de la biológica.
La cantidad de luz que recibimos influye en nuestros ritmos circadianos, el sueño y diferentes funciones del organismo.
En algunos lugares, los cambios estacionales son muy marcados y pueden influir también en el estado de ánimo y en nuestras rutinas.
Pero eso no significa que tengamos que sentirnos de una manera concreta porque haya llegado una estación.
No todo el mundo siente más energía en primavera.
No tenemos por qué estar alegres en verano ni más introspectivos en otoño.
Los significados de las estaciones pueden servirnos como símbolos, pero nuestra vida no tiene que seguir un calendario emocional.
¿En qué momento estoy yo?
Observar los ciclos naturales puede servirnos para hacernos algunas preguntas sin necesidad de encajarnos en ninguna categoría.
Por ejemplo:
- ¿Estoy empezando algo o necesito dejar que madure lo que ya existe?
- ¿Hay algo que sigo intentando mantener aunque ya haya terminado?
- ¿Necesito hacer más o precisamente descansar un poco?
- ¿Estoy comparando mi ritmo con el de otra persona?
- ¿Hay algún cambio que todavía necesita tiempo?
No hace falta decidir si estamos en nuestro “invierno” o nuestra “primavera”.
La idea es simplemente mirar con un poco más de claridad qué está pasando ahora.
Hay procesos que no se pueden acelerar demasiado
Plantamos algo y podemos darle agua, buena tierra y unas condiciones adecuadas.
Pero no podemos tirar de la planta para hacer que crezca más deprisa.
Hay una parte que depende de nuestros cuidados y otra que necesita tiempo.
Con algunos procesos personales ocurre algo parecido.
Podemos pedir ayuda, cambiar hábitos, tomar decisiones o empezar algo nuevo.
Pero después hay cosas que necesitan asentarse.
A veces el problema no es que no estemos avanzando.
Es que queremos ver el resultado antes de que haya tenido tiempo de aparecer.
Esto no significa quedarse esperando indefinidamente ni utilizar “cada cosa a su tiempo” como excusa para no hacer nada.
Se trata más bien de distinguir qué parte depende de nosotros y qué parte necesita simplemente seguir su proceso.

Volver a observar los cambios pequeños
No necesitamos ir muy lejos para empezar a reconocer estos ritmos.
Puede ser interesante elegir un árbol, un parque, un camino o un rincón que veamos con cierta frecuencia y observarlo durante varios meses.
Sin buscar nada especial.
Fijarnos en cuándo aparecen flores, cuándo llegan determinados pájaros, cómo cambia la luz, qué plantas desaparecen y cuáles empiezan a crecer.
También podemos hacer una fotografía de vez en cuando o apuntar algo que nos haya llamado la atención.
Cuando observamos siempre el mismo lugar empezamos a descubrir cambios que antes pasaban desapercibidos.
Esta manera de mirar conecta también con los baños de bosque: no hace falta recorrer muchos kilómetros ni buscar continuamente algo nuevo. A veces permanecer más tiempo en un mismo lugar permite descubrir bastante más.
No todos los cambios necesitan una explicación
Cuando miramos los ciclos de la naturaleza es fácil querer convertir cada cosa en una enseñanza.
La hoja que cae significa soltar.
La semilla significa empezar.
El invierno significa descansar.
Son asociaciones que pueden ayudarnos a pensar, pero tampoco hace falta encontrar un mensaje detrás de todo.
Una hoja también puede ser simplemente una hoja que ha terminado su ciclo.
Creo que ahí está una parte importante de la relación que buscamos con la naturaleza en Radix Nativa.
Primero observar lo que ocurre de verdad.
Y después, si algo de eso nos ayuda a entender mejor un momento de nuestra vida, utilizarlo.
Sin forzarlo.
Seguir nuestro propio ritmo
La naturaleza no avanza en línea recta.
Hay crecimiento, pausas, cambios, pérdidas y nuevos comienzos. Y cada proceso tiene un tiempo diferente.
Nosotros tampoco vivimos siempre de la misma manera.
Hay épocas en las que tenemos energía para empezar cosas y otras en las que necesitamos reducir el ritmo. Hay cambios que se producen muy rápido y otros que tardan mucho más de lo que nos gustaría.
Observar la naturaleza no va a decirnos qué tenemos que hacer.
Pero puede recordarnos algo que a veces olvidamos cuando nos comparamos o tenemos prisa:
no todo tiene que estar creciendo al mismo tiempo, ni todo tiene que resolverse ahora.


