Durante años podemos convivir con nuestro cuerpo de una manera bastante extraña.
Lo utilizamos para trabajar, caminar, dormir, abrazar, comer, disfrutar, cuidar a otras personas y hacer prácticamente todo lo que forma parte de nuestra vida. Pero muchas veces, cuando pensamos en él, lo primero que aparece es cómo se ve.
El peso. La barriga. Las arrugas. El pelo. Aquello que ha cambiado. Lo que nos gustaría disimular.
Como si el cuerpo fuera algo que llevamos encima y que todavía no hemos terminado de arreglar.
Para Radix Nativa, volver al cuerpo significa algo diferente.
Significa empezar a tratarlo como el lugar desde el que vivimos y no solamente como una imagen que los demás pueden mirar.
Cuidarlo, por supuesto.
Pero también entenderlo, escucharlo y aceptar que no permanece igual durante toda la vida.

El cuerpo no es un proyecto que tengamos que terminar
Es normal querer vernos bien.
Podemos disfrutar comprándonos una prenda, arreglándonos el pelo, utilizando maquillaje o cuidando nuestra piel. Nada de eso está reñido con aceptarnos.
El problema aparece cuando sentimos que siempre falta algo por corregir.
Perder algunos kilos.
Eliminar una arruga.
Disimular una nariz.
Parecer más joven.
Tener otro tipo de pelo.
Conseguir la piel que vemos en una pantalla.
Y cuando finalmente conseguimos cambiar una cosa, aparece otra.
Quizá una manera diferente de relacionarnos con el cuerpo empiece preguntándonos menos «¿qué tengo que arreglar?» y un poco más:
«¿Qué necesita este cuerpo que tengo ahora? «
Porque nuestro cuerpo de hoy no tiene exactamente las mismas necesidades que tenía hace diez o veinte años.
Y tampoco las tendrá dentro de otros diez.
El cuerpo de una mujer cambia durante toda la vida
Cuando hablamos del cuerpo femenino, a veces parece que existe un periodo «normal» y después llegan una serie de cambios que tenemos que intentar frenar.
En realidad, cambiar es lo normal.
Las hormonas varían durante el ciclo menstrual, durante embarazos si los hay, con la edad y especialmente durante la transición hacia la menopausia.
Para no complicarlo demasiado, en esta etapa de Radix Nativa podemos pensar en tres grandes momentos de la vida adulta de muchas mujeres: los años reproductivos, la perimenopausia y los años posteriores a la menopausia.
No son tres cajas cerradas ni todas las mujeres las viven de la misma manera.
La perimenopausia, por ejemplo, puede empezar muchos años antes de la última menstruación y los ciclos pueden hacerse más cortos, más largos, más abundantes o irregulares. La menopausia en sí es un momento concreto: se considera alcanzada después de 12 meses seguidos sin menstruación. AOG America
Entender estos cambios puede ayudarnos a dejar de pensar que nuestro cuerpo está «fallando» simplemente porque ya no responde exactamente como antes.
Durante los años con menstruación
Mientras menstruamos, hay necesidades que merece la pena tener presentes.
Una de ellas es el hierro.
Las mujeres adultas en edad reproductiva tienen unas necesidades medias de hierro mayores que después de los 50 años, precisamente porque existe pérdida de sangre menstrual. Las necesidades pueden ser todavía más importantes cuando las reglas son abundantes.
No hace falta convertir cada comida en un cálculo.
Podemos encontrar hierro en alimentos como legumbres, carne, marisco, frutos secos y algunas verduras. Cuando procede de fuentes vegetales, acompañarlo con alimentos ricos en vitamina C puede ayudar a su absorción.

Esto es un buen ejemplo de lo que significa cuidar el cuerpo desde dentro: no seguir una dieta porque está de moda, sino conocer algunas de las cosas que nuestro cuerpo necesita en el momento en que estamos.
Cuando empieza la perimenopausia
Esta etapa puede resultar desconcertante porque algunos cambios aparecen antes de que pensemos que estamos “en la menopausia”.
Puede cambiar la menstruación.
Podemos dormir peor.
Aparecer sofocos o cambios de temperatura.
Notar diferencias en la energía, el estado de ánimo o la composición corporal.
Y no todas lo vivimos igual. Algunas mujeres apenas tienen síntomas y otras atraviesan años bastante difíciles. Además, no todo lo que ocurre en la mediana edad se debe necesariamente a las hormonas.
Creo que aquí hay algo importante que pocas veces nos decimos.

Puede que estemos entrando en una etapa distinta y sigamos juzgando nuestro cuerpo con las mismas expectativas que teníamos a los treinta.
Quizá comemos prácticamente igual, dormimos peor, tenemos menos tiempo, vivimos con más responsabilidades y nuestro cuerpo está cambiando.
Y entonces concluimos:
“Ya no respondo como antes.”
Claro.
Porque tampoco estamos en el mismo momento de nuestra vida.
Eso no significa resignarnos ni dejar de cuidarnos.
Significa adaptar los cuidados al cuerpo que tenemos ahora.
Después de la menopausia, cambian algunas prioridades
Con la disminución de estrógenos aumenta la pérdida de masa ósea y cobran más importancia aspectos como el cuidado de los huesos y la salud cardiovascular. Los organismos médicos recomiendan seguir cuidando alimentación, actividad física y nutrientes como calcio y vitamina D durante esta etapa.
Aquí la alimentación también puede acompañarnos.
El calcio no está solamente en la leche. Podemos obtenerlo de yogur y queso, pero también de sardinas o salmón con espinas, algunas verduras, tofu y productos fortificados, entre otras fuentes

No significa que todas necesitemos empezar a tomar suplementos al cumplir determinada edad.
La alimentación, el estado de salud y las necesidades personales importan, y cuando existe alguna duda o riesgo concreto es mejor valorarlo con un profesional.
Lo importante para nuestra reflexión es otra cosa:
el cuidado también cambia con la edad.
No tiene mucho sentido intentar conservar exactamente las mismas rutinas mientras nuestro cuerpo atraviesa etapas diferentes.
Comer bien sin vivir pensando en comida
Cuando hablamos de cuidar el cuerpo desde dentro, la alimentación es importante.
Pero es muy fácil convertirla en otra fuente de presión.
Cada pocos meses aparece un alimento que supuestamente debemos eliminar, otro que deberíamos empezar a tomar y una nueva dieta que promete solucionar problemas que la anterior no solucionó.
Las bases son mucho menos espectaculares.
Una alimentación variada con verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos y fuentes adecuadas de proteínas sigue siendo el punto de partida de las recomendaciones generales de salud.

También se recomienda limitar el exceso de sal, azúcares libres y determinadas grasas.
A partir de ahí podemos adaptarla a nuestra edad, nuestros gustos, nuestra cultura, nuestro nivel de actividad y nuestras circunstancias.
Y quizá también recuperar algo que se pierde cuando hablamos demasiado de nutrición:
comer no es solamente administrar nutrientes.
También es cocinar.
Compartir.
Disfrutar.
Sentarnos.
Recordar una receta.
Probar algo.
Celebrar.
Una buena relación con la alimentación debería dejar espacio también para eso.
Movernos para conservar el cuerpo que queremos utilizar
No necesitamos volver a enumerar todas las actividades físicas posibles.
Ya sabemos que movernos nos hace bien.
Lo que me parece más interesante es cambiar el motivo.
Muchas mujeres hemos aprendido a relacionar ejercicio con quemar, compensar, adelgazar o corregir.
Pero con los años aparecen razones bastante más importantes para movernos.
Conservar fuerza.
Mantener movilidad.
Cuidar los huesos.
Tener equilibrio.
Poder caminar, subir escaleras, cargar cosas o levantarnos del suelo con facilidad dentro de veinte años.
Especialmente alrededor y después de la menopausia, los ejercicios con carga y el trabajo de fuerza ayudan a mantener músculos y huesos.
No hace falta que el ejercicio se convierta en nuestra afición favorita.
Pero quizá sí merece la pena dejar de pensar únicamente en qué le hace a nuestra figura y empezar a pensar también en qué nos permite seguir haciendo con nuestra vida.
Sentir el cuerpo antes de mirarlo
Hay una pregunta que podemos hacernos de vez en cuando:
¿Cómo se siente mi cuerpo hoy?
No cómo se ve.
Cómo se siente.
Quizá estamos agotadas.
Tenemos los hombros tensos.
Llevamos varios días durmiendo mal.
Tenemos hambre de verdad o simplemente necesitamos parar diez minutos.
Hay una molestia que aparece repetidamente y seguimos ignorando.
O quizá nos sentimos fuertes, descansadas y con ganas de movernos.
Muchas veces nos resulta más fácil detectar una arruga nueva que reconocer que llevamos una semana cansadas.
Volver al cuerpo también consiste en recuperar esa atención.
No para interpretar cada sensación como un problema.
Simplemente para dejar de ignorarnos.
Y si aparece algo que persiste, cambia claramente o nos preocupa, entonces sí conviene prestarle la atención médica que corresponda.

Hemos aprendido a mirar nuestro cuerpo desde fuera
Nunca habíamos visto tantas imágenes de otros cuerpos como ahora.
Ni tantas imágenes del nuestro.
Selfies.
Vídeos.
Videollamadas.
Cámaras delanteras.
Fotos que alguien publica sin que supiéramos que nos estaba fotografiando.
Filtros.
Personas que seguimos.
Publicidad.
Durante todo el día tenemos oportunidades para compararnos.
Y hay un problema bastante evidente: normalmente comparamos nuestro cuerpo cotidiano con imágenes que no son cotidianas.
Una persona ha elegido la mejor fotografía entre veinte.
Ha encontrado un ángulo.
Una luz.
Una postura.
Puede llevar maquillaje, edición o filtros.
Y nosotros comparamos esa imagen con nuestra cara en el espejo a las siete de la mañana.
No es una comparación demasiado justa.
La investigación encuentra una relación consistente entre la comparación de apariencia en redes sociales y una mayor preocupación por la imagen corporal

Un metaanálisis publicado en 2025, que reunió 83 estudios y más de 55.000 participantes, encontró asociaciones entre una mayor comparación online y una peor imagen corporal.
Esto no significa que Instagram provoque automáticamente que una persona se sienta mal con su cuerpo.
La relación es más compleja.
Pero sí merece la pena observar a qué tipo de imágenes estamos exponiéndonos todos los días y cómo nos hacen sentir.
El problema no es querer estar guapas
Creo que aquí es importante no irnos al extremo contrario.
No tenemos que demostrar que nos aceptamos dejando de maquillarnos.
Ni mostrando las canas.
Ni renunciando a la estética.
Podemos teñirnos.
Maquillarnos.
Vestirnos con cuidado.
Hacernos tratamientos.
Disfrutar enormemente de todo ello.
El problema no está en querer vernos bien.
La pregunta es:
¿nos estamos cuidando o vivimos intentando corregirnos?
Son cosas diferentes.
Podemos arreglarnos porque nos gusta cómo nos sentimos después.
O podemos hacerlo porque sentimos que nuestra cara sin esas capas no debería ser vista.
Entre ambos extremos hay muchísimas posibilidades.
Cuando todas empezamos a querer la misma cara
Las modas siempre han existido.
También los cánones de belleza.
Pero las redes han conseguido que un determinado rostro o tipo de cuerpo pueda verse millones de veces en muy poco tiempo.
Labios parecidos.
Cejas parecidas.
Narices pequeñas.
Pómulos marcados.
Piel sin textura.
Cuerpos con unas proporciones muy concretas.
Cuando vemos una estética repetida continuamente es fácil que lo diferente empiece a parecernos incorrecto.
Y ahí podemos hacer una pregunta bastante sencilla:
¿Qué parte de mí considero un defecto porque realmente no me gusta y qué parte he aprendido a considerar un defecto porque no se parece a lo que veo todos los días?
No siempre sabremos responder.
Pero la pregunta merece la pena.
Una nariz puede ser simplemente una nariz grande.
Las pecas pueden ser pecas.
El pelo puede empezar a encanecer.
La piel puede tener textura.
Una cara puede ser redonda.
Nada de eso necesita obligatoriamente una corrección.

Envejecer sin tener que fingir que no estamos envejeciendo
Queremos vivir muchos años.
Pero no siempre aceptamos con la misma facilidad las señales visibles de haberlos vivido.
Una arruga puede convertirse rápidamente en algo que hay que eliminar.
Una cana, ocultar.
Un cambio en la forma del cuerpo, combatir.
Podemos decidir hacerlo.
Pero también podemos preguntarnos qué ocurriría si algunas cosas simplemente pudieran cambiar.
No hace falta que nos encanten todas nuestras arrugas.
Tampoco tenemos que celebrar cada cambio del cuerpo.
A veces algo no nos gustará.
Eso es bastante normal.
Aceptar el envejecimiento no significa mirar el espejo cada mañana y enamorarnos de todo lo que vemos.
Significa quizá dejar de considerar cada señal del tiempo como un fracaso personal.
Nuestro cuerpo no está haciendo algo mal porque esté cambiando.
Está envejeciendo con nosotras.
Conocer nuestros rasgos antes de intentar cambiarlos
Aquí herramientas como la armocromía o el visagismo pueden resultar interesantes si las utilizamos de otra manera.
No como reglas que nos dicen qué debemos ocultar.
Sino como formas de observar.
La armocromía se fija en la relación entre los colores de la piel, ojos y cabello y los tonos que utilizamos al vestirnos o maquillarnos.
El visagismo observa las formas y proporciones del rostro y cómo interactúan con elementos como el cabello, el maquillaje o las gafas.
No son ciencias médicas ni verdades absolutas.
Son herramientas estéticas.
Y podemos utilizarlas para trabajar con nuestros rasgos en vez de empezar intentando corregirlos.
Si nuestro rostro es redondo, no tenemos ninguna obligación de hacerlo parecer ovalado.
Si nuestro cabello es rizado, no necesita parecer liso para estar bien cuidado.
Y si un color que está de moda no nos favorece o simplemente no nos gusta, tampoco tenemos que llevarlo.
La pregunta puede cambiar de:
“¿Cómo puedo parecerme más a esto?”
a:
“¿Qué hace que mis propios rasgos se vean mejor?”
Más adelante podemos profundizar mucho más en este tema.

Armonizar no significa borrar
Quizá esta sea una de las ideas que merece quedarse.
Podemos aprender a vestirnos mejor, conocer nuestros colores, encontrar un corte que nos favorezca o utilizar maquillaje.
Pero todo eso puede hacerse desde dos lugares muy distintos.
Uno intenta borrar aquello que somos.
El otro intenta sacarle partido.
Y aunque desde fuera el resultado pueda parecer parecido, la relación que tenemos con nosotras mismas no lo es.
No hace falta amar cada parte de nuestro cuerpo
También creo que hemos convertido la aceptación corporal en otra exigencia.
“Ámate.”
“Ama tus defectos.”
“Ama cada centímetro de tu cuerpo.”
Puede sonar bonito.
Pero no siempre es realista.
Hay días en los que algo de nuestro cuerpo no nos gusta.
Podemos preferir cambiar algunas cosas.
Podemos sentir inseguridad.
Eso no significa que hayamos fracasado en aceptarnos.
Quizá el objetivo sea bastante más sencillo:
no necesitar odiar una parte de nosotras para decidir cuidarla o cambiarla.
Podemos querer mejorar algo sin pensar que mientras tanto somos insuficientes.
Una relación un poco más amable con nuestro cuerpo
Volver al cuerpo no consiste en dejar de cuidarnos.
Tampoco en dejar de preocuparnos por nuestra apariencia.
Consiste en intentar que el cuidado no nazca siempre del rechazo.
Comer bien porque nuestro cuerpo necesita alimento.
Moverlo porque queremos conservarlo fuerte.
Descansar cuando estamos agotadas.
Prestar atención cuando algo cambia.
Arreglarnos porque nos gusta hacerlo.
Conocer nuestros rasgos antes de decidir que hay algo equivocado en ellos.
Y aceptar que cada etapa necesita cosas diferentes.
Quizá podamos empezar con algunas preguntas muy sencillas:
¿Cómo se siente mi cuerpo últimamente?
¿Lo estoy alimentando de una manera que me hace bien?
¿Me muevo pensando únicamente en cómo quiero verme o también en cómo quiero sentirme dentro de unos años?
¿Qué parte de mi apariencia llevo mucho tiempo intentando esconder?
¿Hay algo que considero un defecto solo porque me comparo continuamente?
¿Qué podría empezar a cuidar en lugar de intentar corregir?
No tenemos que responderlas todas.
Pero quizá alguna nos ayude a mirar nuestro cuerpo de otra manera.
Porque nuestro cuerpo no es la envoltura de nuestra vida.
Es el lugar desde el que la estamos viviendo.

