Nuestros antepasados y la naturaleza: qué hemos ganado y qué hemos perdido

Hoy podemos levantarnos, encender la luz, abrir un grifo, desayunar alimentos que han llegado desde distintos lugares del mundo y consultar en segundos el tiempo que hará durante toda la semana.
No necesitamos mirar el cielo para saber si mañana va a llover. Tampoco reconocer plantas para conseguir alimento, recordar dónde hay agua o saber orientarnos siguiendo caminos que nadie ha señalado en un mapa.
Hemos ganado muchísimo con todo esto.
Pero hay una pregunta que merece la pena hacerse:
¿hemos dejado también algunas cosas atrás?
Durante gran parte de nuestra historia, conocer el lugar en el que vivíamos no era una afición. Formaba parte de la vida.
Había que observar, caminar, recordar, aprender de otras personas y conocer bastante mejor aquello que crecía y vivía alrededor.
No se trata de idealizar el pasado ni de intentar volver a él. La vida de nuestros antepasados podía ser mucho más dura, insegura y corta que la nuestra.
Pero quizá sí podamos recuperar algunas cosas que ellos no podían permitirse olvidar.

vida ideal compromiso entre pasado y futuro

Cuando hablamos de nuestros antepasados es fácil imaginar una especie de vida sencilla y universal en contacto con la tierra.
Nunca fue así.
Una comunidad cazadora-recolectora, una familia campesina europea de hace doscientos años o una población dedicada al pastoreo tenían formas de vida muy diferentes.
También cambiaban muchísimo según el clima, el territorio y los recursos disponibles.
Lo que sí encontramos repetidamente es algo bastante lógico: cuando una parte importante de nuestra vida depende directamente del entorno, necesitamos conocerlo.
La UNESCO incluye precisamente entre el patrimonio cultural inmaterial los conocimientos sobre flora y fauna, territorio, prácticas, rituales y formas de entender la naturaleza desarrollados por las comunidades a partir de su relación con el lugar en el que viven.

No era necesariamente una relación espiritual.
Muchas veces era simplemente práctica.
Había que saber.

Saber dónde encontrar agua.
Reconocer un camino.
Conocer qué frutos podían recogerse y cuándo.
Distinguir una planta útil de otra peligrosa.
Saber dónde daba sombra durante las horas más calurosas.
Reconocer determinados sonidos de animales.
Observar el cielo.
Recordar dónde crecía algo que volveríamos a necesitar meses después.
Una parte de ese conocimiento no estaba escrita.
Se aprendía viviendo en el lugar.
Por eso conocer un territorio era también una forma de pertenecer a él.

Hoy puede ocurrir algo curioso.
Tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior y, sin embargo, podemos desconocer por completo las plantas que crecen a cincuenta metros de nuestra casa.
Podemos saber qué tiempo hará mañana en Nueva York y no haber reparado todavía en qué mes florece el árbol que vemos cada día desde nuestra ventana.
No creo que una cosa sea mejor que la otra.
Pero sí me parece interesante reconocer la diferencia.

Antes de disponer de iluminación eléctrica, calefacción, aire acondicionado, frigoríficos y transporte moderno, una parte mucho mayor de nuestra vida estaba condicionada por lo que ocurría fuera.
La cantidad de luz cambiaba el día, la lluvia podía decidir una cosecha, la temperatura condicionaba determinadas tareas.
Muchos alimentos estaban disponibles solo durante ciertas épocas.
Las estaciones se notaban de una forma mucho más directa.
Hoy hemos conseguido liberarnos en gran medida de esos límites.
Y eso es una ventaja enorme.

vida campesina

Podemos trabajar después de ponerse el sol, conservar alimentos durante meses o comer tomates en pleno invierno.
Pero también podemos pasar buena parte del año viviendo casi igual independientemente de lo que esté ocurriendo fuera.
Quizá por eso muchas personas vuelven a sentir curiosidad por los ritmos y ciclos de la naturaleza.
No porque necesitemos organizar nuestra vida exactamente como lo hacían nuestros antepasados, sino porque a veces resulta agradable volver a notar que el año cambia.

Caminar parece algo tan normal que cuesta pensar en ello como una forma de conocimiento.
Pero durante prácticamente toda nuestra historia ha sido nuestra manera básica de desplazarnos. El bipedismo, de hecho, es uno de los rasgos humanos más antiguos y apareció hace más de cuatro millones de años.

Cuando recorremos un lugar a pie percibimos cosas que desaparecen cuando atravesamos ese mismo territorio dentro de un vehículo.
Pendiente.
Distancia.
Temperatura.
Tipo de suelo.
Un olor.
Un sonido.
Dónde empieza el bosque.
Dónde aparece agua.
Dónde cambia el viento.

Durante siglos, los caminos no eran solamente líneas que conectaban dos puntos. Eran lugares que se aprendían recorriéndolos.

recolectar plantas

Hoy podemos desplazarnos treinta kilómetros en poco tiempo sin conocer prácticamente nada de lo que existe entre el lugar del que salimos y aquel al que llegamos.
No tenemos que renunciar al coche.
Pero quizá caminar sigue siendo una de las maneras más sencillas de volver a conocer un lugar con el cuerpo.

Controlar el fuego fue uno de los grandes cambios de nuestra historia.
Daba calor, luz, protección y permitía cocinar.
Pero alrededor del fuego también ocurría otra cosa.
Las personas se reunían.
Un estudio antropológico realizado con los Ju/’hoansi del sur de África observó que las conversaciones durante el día estaban más centradas en asuntos prácticos, mientras que alrededor del fuego nocturno aparecían con mayor frecuencia historias, canciones, ceremonias y conversaciones sobre otras personas y generaciones. No podemos asumir que todas las sociedades humanas funcionaran igual, pero es un ejemplo muy interesante de cómo la luz del fuego podía crear un tiempo diferente al de las tareas del día.

reuniones cerca del fuego

Me gusta imaginar ese contraste con una escena bastante actual.
Cinco personas pueden estar hoy juntas en la misma habitación y cada una mirar una pantalla diferente.
No significa que antes todas las conversaciones fueran profundas ni que ahora hayamos dejado de relacionarnos.
Pero probablemente hemos perdido algunos momentos en los que no había tantas cosas compitiendo por nuestra atención.
Quizá por eso seguimos buscando excusas para sentarnos alrededor de una mesa, una chimenea o una hoguera.
El fuego cambia.
La necesidad de reunirnos no tanto.

Otra diferencia está en la cantidad de cosas que necesitamos saber hacer directamente.
Muchas tareas que antes formaban parte de la vida cotidiana hoy las realiza otra persona por nosotros.
Y afortunadamente es así en muchos casos.
Pero también significa que podemos utilizar cientos de cosas sin tener la menor idea de cómo se hacen.
Durante generaciones, las plantas sirvieron no solo como alimento o remedio, sino también para fabricar herramientas, fibras, utensilios, muebles y materiales de uso doméstico. Estudios etnobotánicos españoles siguen documentando estos usos tradicionales.

cocina de casa antigua

Preparar alimentos, conservarlos, remendar ropa, trabajar madera, utilizar fibras vegetales, cuidar animales o reconocer plantas eran conocimientos que podían formar parte de la vida ordinaria.
No todo el mundo sabía hacer todo.
Pero muchas más cosas ocurrían cerca de quien finalmente las utilizaba.
Hoy podemos comprar pan durante toda nuestra vida sin haber hecho uno nunca.
Podemos vestir una prenda sin saber cómo se cose.
Comprar una mesa sin haber tocado la madera de la que procede.

No tiene nada de malo.
Pero hacer algo con nuestras propias manos produce una relación diferente con aquello que utilizamos.
Quizá por eso cocinar, cultivar, reparar, tejer, pintar o hacer cerámica pueden seguir resultando tan satisfactorios incluso cuando ya no dependemos de esas habilidades para sobrevivir.

Hay algo que me interesa especialmente de los conocimientos tradicionales.
Muchas veces no se aprendían leyendo.
Se aprendían acompañando.
Alguien mostraba una planta.
Otro explicaba dónde encontrarla.
Una abuela enseñaba una receta.
Alguien corregía una forma de hacer las cosas.
Se observaba, se preguntaba y después se repetía.
Los estudios etnobotánicos siguen encontrando conocimientos sobre plantas transmitidos principalmente por padres, madres y otras personas próximas, y los investigadores llevan años advirtiendo de que los cambios sociales y la ruptura entre generaciones pueden hacer desaparecer parte de ese patrimonio.

Eso me hace pensar en una contradicción curiosa de nuestro tiempo.
Nunca hemos tenido tanta información disponible y, al mismo tiempo, hay conocimientos que pueden desaparecer porque dejamos de preguntárselos a la última persona que todavía los conoce.
Quizá nuestra abuela sabía el nombre de una planta que nosotros buscamos ahora con una aplicación.
No significa que su conocimiento fuera siempre correcto.
Pero formaba parte de una cadena.
Y cuando nadie pregunta, esa cadena termina.


Nuestra relación con los árboles y las plantas tampoco empezaba preguntándonos qué simbolizaban.
Primero servían.
Daban alimento, madera, fibras, sombra, medicina, combustible.
Algunas indicaban una época del año.
Otras crecían en lugares concretos que había que recordar.
Y algunas acabaron relacionadas con celebraciones, protección, muerte, nacimiento o religión.
Con el tiempo, la utilidad, la observación y las historias se fueron mezclando.
De ahí nacieron muchos de los significados que todavía conservamos.
Es algo que vimos con más detalle al hablar del simbolismo de los árboles: muchas veces primero estuvo nuestra relación con el ser vivo y después apareció el símbolo.

  • Cambios de estación.
  • Cosechas.
  • Nacimiento.
  • Muerte.
  • Unión.
  • Inicio de una nueva etapa.
ritual de nacimiento

Las sociedades humanas han utilizado rituales para marcar momentos importantes de maneras muy diferentes.
No todos eran religiosos y tampoco todos tenían la misma función.
Pero compartían algo que todavía reconocemos fácilmente: hay momentos que necesitamos señalar de alguna forma para que no pasen como un día cualquiera.
Seguimos haciéndolo.
Cumpleaños.
Bodas.
Funerales.
Comidas familiares.
Brindis.
Aniversarios.
Pequeñas costumbres que repetimos cada año.

Los rituales han cambiado, pero no han desaparecido.

→ En Rituales cotidianos hablamos precisamente de cómo algunas de esas formas siguen presentes dentro de una vida completamente moderna.


Llegados aquí, es importante no caer en una historia demasiado bonita sobre el pasado.
No necesitamos volver a él. Hemos ganado cosas enormes.

  • Medicina.
  • Agua potable.
  • Saneamiento.
  • Seguridad alimentaria.
  • Información.
  • Educación.
  • Transportes.
  • Tecnología.
  • Una capacidad mucho mayor para sobrevivir a enfermedades, accidentes o malas cosechas.
casa moderna

También hemos conseguido que una persona pueda vivir en un lugar sin necesitar conocer personalmente cada recurso del territorio para sobrevivir. Eso nos ha dado libertad.
Antiguo no significa automáticamente mejor.
Nuestros antepasados también se equivocaban.
Algunas prácticas tradicionales eran inútiles.
Otras podían ser peligrosas.

Y otras pertenecían a unas condiciones de vida que afortunadamente ya no tenemos.
Volver al origen no puede significar renunciar a todo lo aprendido después.


Una parte del conocimiento que antes pasaba de una generación a otra se está perdiendo. La UNESCO considera precisamente que muchos conocimientos tradicionales relacionados con la naturaleza están amenazados por transformaciones sociales, urbanización y cambios en los modos de vida

También hemos perdido algo de la relación directa que teníamos con nuestro entorno.
Pasamos más tiempo dentro de edificios, vehículos y delante de pantallas. Caminamos menos por necesidad, vivimos muchas horas con luz artificial y podemos organizar nuestros días casi sin tener en cuenta si fuera hace frío, calor, llueve o ha cambiado la estación.
Todo esto nos ha hecho la vida mucho más cómoda.
Pero nuestro cuerpo no dejó de ser un cuerpo hecho para moverse, recibir luz natural, descansar y relacionarse con el entorno.
La vida moderna no explica por sí sola el estrés, la ansiedad o los problemas físicos que podemos tener. Sería demasiado sencillo decirlo así. Pero sí sabemos que algunos hábitos muy habituales hoy (como pasar demasiadas horas sentados o movernos poco) aumentan el riesgo de distintos problemas de salud. Y también sabemos que el contacto con espacios verdes puede favorecer el movimiento, la relajación y el bienestar mental.
Quizá por eso muchas personas sienten alivio cuando vuelven a caminar por un bosque, trabajan en un jardín, pasan un rato junto al mar o simplemente permanecen un tiempo fuera sin estar pendientes de una pantalla.
No porque la naturaleza pueda solucionar todos nuestros problemas.
Sino porque seguimos formando parte de ella aunque nuestra vida cotidiana nos permita olvidarlo durante horas o incluso días.
También hemos perdido parte del conocimiento práctico que nos unía a ese entorno.
Sabemos menos sobre las plantas que crecen cerca, sobre cuándo aparecen determinados frutos o sobre qué usos tuvieron algunas especies en nuestra cultura.
Y aquí la pregunta lógica sería:
¿para qué necesitamos saberlo hoy si podemos comprar todo lo que necesitamos?
No necesitamos saberlo para sobrevivir como nuestros antepasados.
Pero conocer mejor nuestro entorno puede cambiar la manera en que nos relacionamos con él.
Podemos descubrir plantas que forman parte de nuestra alimentación, aprender qué especies se utilizaban tradicionalmente para cocinar, elaborar objetos o cuidar determinados malestares, comprender mejor un paisaje y reconocer los cambios que ocurren durante el año.
Algunos conocimientos tradicionales sobre plantas han dado lugar a usos que hoy siguen estudiándose o utilizándose, pero antiguo no significa automáticamente seguro ni eficaz. Las plantas también pueden tener efectos adversos o interactuar con medicamentos, por lo que los usos medicinales necesitan evidencia y prudencia. La propia OMS insiste actualmente en integrar la medicina tradicional desde criterios de seguridad y evidencia.
La idea no es volver a automedicarnos solo con lo que encontremos en el campo.
Es recuperar curiosidad y conocimiento sobre la naturaleza que tenemos alrededor.
Porque cuanto mejor conocemos un lugar, menos fácil es que se convierta simplemente en un decorado por el que pasamos.

cuentos

Recuperar parte de este conocimiento no significa vivir como nuestros antepasados.
Podemos utilizar un GPS y al mismo tiempo aprender los caminos de nuestra zona.
Comprar alimentos en un supermercado y, aun así, saber cuándo es temporada de algunas frutas y verduras.
Utilizar la medicina moderna y sentir curiosidad por los usos tradicionales de las plantas, distinguiendo entre tradición y evidencia.
Tener teléfono móvil y decidir dejarlo en casa durante un paseo.
Vivir en una ciudad y conocer los árboles que crecen en nuestro barrio.
La utilidad está precisamente ahí.
Conocer mejor la naturaleza puede ayudarnos a volver a relacionarnos con ella.

Y cuando empezamos a conocerla, también empiezan a aparecer pequeñas oportunidades para incorporarla a nuestra vida.

  • Caminar más.
  • Cultivar algo.
  • Cocinar alimentos de temporada.
  • Reconocer algunas plantas.
  • Observar cómo cambia un mismo lugar.
  • Pasar tiempo fuera.
  • Aprender de alguien mayor que todavía conserva algún conocimiento sobre el territorio.
  • Utilizar un bosque, un jardín, el mar o incluso un parque como lugares donde bajar el ritmo durante un rato.
parque ideal

No necesitamos hacer todas estas cosas.
Pero pueden devolvernos algo que resulta fácil perder en una vida muy llena de estímulos: una relación más directa con el lugar en el que vivimo, con los ritmos que existen fuera de nuestras obligaciones para volver a lo esencial.
La naturaleza tampoco tiene que convertirse en otra herramienta que debamos “aprovechar” constantemente.
A veces podemos ir al bosque simplemente porque nos gusta.
Pero conocer lo que tenemos alrededor nos da más posibilidades.
Nos permite utilizar la naturaleza para movernos, descansar, observar, aprender, alimentarnos mejor en algunos casos, crear y encontrar espacios donde nuestra atención funciona de otra manera.
Quizá eso sea lo que merece la pena recuperar.
No las dificultades de la vida de nuestros antepasados, sino parte de la relación que tenían con aquello que los rodeaba.


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